12 de agosto de 2012

El gobierno de las emociones, de Victoria Camps

A causa de la histórica separación de Iglesia y Estado y sobre todo con la democratización de la cultura - factores que han dado lugar a una sociedad redominantemente laica - la ética ha perdido vigencia siendo sustituida por una cultura del éxito, poder y riqueza que ha vuelto a los ciudadanos egoístas, sobre todo cuando una gran parte se siente privilegiada, desembocando en una mentalidad del todo vale, dónde la empatía deja de tener cabida en la vida cotidiana viéndose relegada al ámbito legislativo o al profesional, ya sea sanitario, asistencial o psicológico. Sólo cuando estamos en posición de inferioridad, como la propia autora reconoce en las últimas páginas, reclamamos justicia, es entonces cuando una ética ausente de todo signo religioso recobra el sentido en la vida social. Se nos ha educado en una cultura del esfuerzo dando por supuesto que éste siempre encuentra recompensa. Pero esto no es así en todos los casos, y una sociedad egoísta acaba perjudicando a la mayoría. Naturalmente, es difícil que aquel que no se sienta implicado tome conciencia de ello, a menos que experimente algún sentimiento que le mueva a pensar en los otros. Nadie se convence con sermones ni cambia de actitud porque sí. Excepto si siente vergüenza, compasión, miedo, indignación, desconfianza o sus opuestos, y siempre que la tristeza o la falta de autoestima no les lleve a inhibirse. O lo que es lo mismo, la razón no es suficiente para actuar, conocer una realidad no mueve a nadie a cambiar las cosas, es preciso desearlo y el deseo se estimula mediante emociones, las mencionadas o cualquier otra. Y ni siquiera todas ellas constituyen un estímulo ya que la mayoría presenta dos aspectos: el negativo es paralizante, en cambio su contrario incita a la acción. Habitualmente, las emociones que determinan nuestra conducta social han sido inducidas por un contexto (familiar, cultural, educativo, publicitario etc.) que marca lo que sentimos y queremos mucho más de lo que parece a primera vista. Es cierto que la filosofía tradicional, al haberlas etiquetado como pasiones, les ha añadido un matiz de inevitabilidad que condiciona nuestro concepto de ellas, pero ni son inmutables ni están determinadas de antemano. Siempre está en nuestra mano modificarlas cada vez que una línea de acción nos parezca desacertada, contraproducente o injusta, al menos quien pretenda que su conducta social sea autónoma y no impuesta por coacciones legislativas o del tipo que sean. Y es en esa modificación o aceptación de un sentimiento donde la mente juega un papel fundamental: cambiamos porque tenemos motivos para hacerlo.

El primero que, oponiéndose a las ideas de Platón, vinculó razón con sentimiento fue Aristóteles, formulando lo que se conoce como teoría cognitivista, que más tarde – contradiciendo a Descartes – adoptarían a interpretarían, cada uno a su manera, Spinoza y Hume. Ambas facultades, en lugar de oponerse, funcionan como caras de la misma moneda, una complementa a la otra. En efecto, una sociedad excesivamente racionalista mantendrá una conducta encorsetada y represora; y al contrario, la que se rija exclusivamente por los sentimientos producirá arbitrariedad e incoherencia. Los vaivenes sociales suelen conducirnos a uno u otro extremo. Actualmente nos encontramos en el segundo.

Podríamos creer, utópicamente, en una moralidad congénita común a todo el mundo pero, dado que las emociones son contradictorias, ésta sufriría desviaciones. La mayoría de las veces una emoción es aceptable o no según la causa que la motive, la función de la ley es, precisamente, corregir esas desviaciones en aras del bien común. La vergüenza, por ejemplo, es adecuada siempre que se refiera a un mal comportamiento objetivo e implica el nacimiento de una conciencia personal. Ésta, además, lleva aparejados sentimientos de culpa, e, inculcada en los individuos de las sociedades actuales, haría innecesaria la proliferación de normas de convivencia y reduciría drásticamente las vigilancias administrativa y policial. Desembocamos así en el campo de la justicia, que para que no se limite a mera compasión, quedando reducida al campo de las simpatías personales, ha de estar igualmente institucionalizada. Aunque la educación y los mass media contribuirán a interiorizarla. Y, sobre todo, evitarán que el individuo se deje arrastrar por la ira, que es ciega e individualista, pues lo que verdaderamente hace falta es indignación, un sentimiento que, además de tener su origen en la vulneración del bien común y ser desinteresado precisa de un criterio claro. Lo peor que puede ocurrir es que persista en el tiempo, en cuyo caso podría acarrear resentimiento, incluso predisponer a la venganza. Una sociedad ha de defenderse de las posibles transgresiones de sus miembros, para ello delega en lo que conocemos como poder judicial, que la sopesa y canaliza para hacerla aceptable. No obstante, algunos autores consideran más legítima la venganza irreflexiva del que ha sufrido un daño que esta venganza colectiva y meditada pues afirman que, en ciertos casos, puede producir mucha mayor crueldad.

De toda esta exposición puede deducirse la ya mencionada doble faceta de la emoción: positiva, pues todas son imprescindibles para mejorar algún aspecto vital, y negativa, ya que pueden perjudicarnos cuando las exageramos o hacemos mal uso de ellas. Camps, sin embargo, afirma que el miedo no parece conducir a nada bueno (no menciona la precaución, que constituiría su faceta positiva) y que debería sustituirse por su opuesto: la confianza (en  el progreso, la justicia, la libertad), que ha persistido, más o menos, hasta el final del S. XX y ahora ha desaparecido sin ser sustituida por nada. Es verdad que existen principios teóricos que satisfacen a mucha gente pero el mundo no se rige por ellos. En el ámbito cotidiano, este sentimiento se apoya en la responsabilidad propia y ajena – ya que no podemos elegir en quién confiamos y  sólo serán merecedores aquellos que, sabemos, no nos van a defraudar. – y es uno de los principios básicos que rigen la vida en común. Pero en el terreno profesional, el cliente ha ido perdiendo progresivamente la confianza en los servicios, refugiándose en una actitud defensiva que destruye el clima necesario para obtener lo que se pretende con dicha relación y volviendo imprescindible la presencia jurídica con más frecuencia de lo deseable.

Una emoción imprescindible para convivir en armonía con uno mismo y con los demás es la autoestima, que podría definirse como el orgullo que uno siente por lo que es y tiene. Las posesiones, la posición en la escala social, una ocupación prestigiosa producen admiración y ésta, a su vez, aumenta la autoestima. Por el contrario, y ya que la autoestima se construye socialmente con las cualidades que la colectividad considera valiosas, quien carece de lo suficiente para vivir con dignidad se sentirá inferior al resto. Igual sucederá con aquellos que pertenezcan a un grupo considerado inferior en cuanto a sexo, raza etc. ya que, a pesar de lo que digan las legislaciones, la discriminación sigue siendo un hecho. Como respuesta, el individuo se organiza para reafirmarse a sí mismo y reivindicar el carácter digno de esa identidad discriminada. En estos casos, hay que evitar que el individuo se diluya en el grupo en detrimento de su identidad personal, perdiendo libertad de elegir una trayectoria vital propia.

La tristeza, entendida como un malestar que afecta a determinadas personas, se ha contemplado siempre, pero sus causas empezaron a identificarse a partir de las investigaciones de Freud. En aquel momento, el motivo más frecuente era la represión social, por el contrario en las sociedades modernas encontramos excesivo individualismo, falta de un proyecto colectivo, de solidaridad, de valores comunes, de proyectos que orienten y enfoquen a la persona, quizá de autoridad. En este momento, la tristeza tiene muy mala prensa, se tiende a perseguirla, a fulminarla, a intentar que se volatilice. El actual auge de la psicología junto a la confusión propiciada por los intereses económicos de la industria farmacéutica no tolera ni siquiera una saludable tristeza reactiva. Se diría que, últimamente, nos pase lo que nos pase, no podemos ponernos tristes sin resultar sospechosos de padecer depresión (pg. 249 y ss.) Lo peor  es que una gran mayoría de la población afectada acepta de buen grado este enfoque pues, evidentemente, resulta mucho más cómodo refugiarse en la medicina – aunque ese mal concreto no sea de su competencia – que esforzarse por salir uno mismo del bache. Pero, si tomamos el camino más fácil, no seremos nosotros quienes gobernemos nuestras emociones, en nuestro lugar lo harán los medicamentos, o el psicólogo, o cualquier otro profesional a quien competa. Y no se trata de un asunto trivial: la forma en que gestionemos ésta o cualquier otra emoción determinará nuestro comportamiento e incluso nuestro carácter.

Volvemos así al principio, cuando afirmábamos que la razón interviene para canalizar los sentimientos. Podríamos decir que la emoción central, que gobernaría todas las demás, sería la pasión por el conocimiento, un conocimiento práctico, dirigido hacia el entorno. Empezando por lo que tenemos más cerca: nosotros mismos. Si somos capaces de distanciarnos lo suficiente para conocer nuestras propias debilidades seremos capaces de superarlas practicando el autodominio, y éste servirá a su vez para mejorar la vida en común.

Y, hablando de convivencia, la política siempre ha utilizado técnicas para el manejo de  sentimientos colectivos. Una estampa que tenemos muy presente es la de los retóricos griegos intentando persuadir a la ciudadanía. Actualmente, aunque existan otros medios distintos de la palabra, aunque se pueda llegar a mucha más gente, el procedimiento utilizado para transmitir un mensaje electoral es básicamente el mismo: independientemente de quien tenga razón, triunfará el que mejor consiga estimular la emotividad de los oyentes, tanto si persigue una causa justa como si lo que pretende es todo lo contrario. Un efecto peligroso, sí, pero real.

Y, si como estamos viendo, la emoción influye en las conductas mucho más que cualquier discurso racional, parece lógico que, en lo que concierne a la palabra, sea la narración el género que más fácilmente mueve las conciencias. La belleza emociona, las peripecias que acontecen a unos personajes con cuyos rasgos nos identificamos pueden llegar a apasionarnos aumentando de esa forma el interés por el mensaje ético.

Estas son, expuestas muy grosso modo, algunas de las ideas vertidas en este ensayo. Pero hay que escuchar a Camps, sumergirse en su prosa clara y directa, al alcance de cualquier lector medio y tratar de distinguir las doctrinas filosóficas, que ella despoja de florituras y tecnicismos para hacernóslas más comprensibles. La filosofía, reconoce, nunca ha destacado por llegar a grandes conclusiones, pero es experta en hacerse las preguntas pertinentes en cada momento histórico. Y, una vez expuesta la pregunta, la respuesta está siempre en camino. Lo peligroso es que ni siquiera seamos capaces de hacernos las preguntas correctas.

Queda patente la importancia que adquieren en la esfera de lo social las emociones más frecuentes así como la forma de gestionarlas. Pero éstas, como es natural dada la enorme complejidad de la capacidad de sentir del ser humano, no se agotan con las que Camps enumera en esta obra. Al tratarse de un texto reciente, y por tanto inmerso en los recientes acontecimientos que nos implican a todos, yo he echado de menos la codicia.

Reseña recomendada: El gobierno de las emociones

5 de agosto de 2012

"EL MAR" de John Banville

"EL MAR" John Banville
Editorial ANAGRAMA. Colección Compactos.
Traducción de Damián Alou

“Qué pequeño recipiente de tristeza somos, navegando en este apagado silencio a través de la oscuridad del otoño”.

Banville es capacidad narrativa, precisión, minuciosidad, detallismo, pero sus personajes suelen poner distancias, no se muestran abiertamente a nosotros ni a ellos mismos. O están vanidosamente seguros de sus historias, como el gran protagonista de “El Intocable” que, en plan perdonavidas, nos permite asomarnos apenas a su apasionante derrotero bajo su estricta guía y control, o son torturados personajes, implacables consigo mismos, que se castigan con calificativos y juicios que el lector no llega a compartir, como nuestro protagonista de “El Mar”.

Después de la muerte de su esposa, un hombre se refugia en el lugar de veraneo de su infancia y, mientras recuerda un episodio fundacional del abandono de la niñez, repasa sus recuerdos de entonces y sus relaciones afectivas presentes. Hasta aquí el planteamiento no es nada original ni sorprendente pero Banville despliega toda su maestría para describir minuciosamente algunos lugares y situaciones y para, casi mezquinamente, obligarnos a leer entre líneas la intrincada red de sentimientos que hay entre los personajes, a través de incisivas sugerencias, avaras pistas, y magistrales escenas.

Max Morden ha perdido a su esposa en una lenta y cruel agonía, aterradoramente conscientes ambos de que el fin era inevitable y ocultándose sin sentido todo aquello que los lectores podemos confirmar que existe entre ellos. La angustia que sentimos al ver lo que se están perdiendo de decirse antes de su forzada separación tiene una garra atroz.

Por otro lado, leemos una descripción dura, implacable, a veces hasta cruel de su propia hija que no parece corresponderse con el amante padre que se puede adivinar y la solícita hija que intenta acompañarlo, y acompañarse, en ese duro trance para ambos.

Y también es implacable consigo mismo. Es un reconocido historiador de arte pero se considera un impostor, un arribista, un buscavidas y un incompetente. Y el lector vuelve a desesperarse por no ser capaz de reconocer esa condición en su protagonista.

Personajes complejos, nada monolíticos, detestables por momentos y claramente reconocibles en nosotros mismos. No somos uno, somos miles. No hay buenos o malos, se hace lo que se puede.

El mar va y viene, sereno y plácido o furioso y feroz. Nos da y nos quita. Es instante único y eterna presencia. Hoy y ayer. Vamos y venimos. Y repasar lo pasado puede ayudarnos a entender el presente.

“La felicidad era diferente en la infancia. Entonces se trataba tan solo de acumular, de coleccionar cosas –nuevas experiencias, nuevas emociones- y aplicarlas como si fueran relucientes azulejos en lo que algún día sería el maravillosamente acabado pabellón del yo.”

La escena del picnic es quizás la perla de la novela y la redime sobradamente de algún recurso efectista al final del libro, no muy logrado, tal vez por innecesario o por previsible.

Minuciosidad, detalles, introspecciones. Banville conoce los conflictos y los enseña descarnadamente y casi sin solución, como una disección o una autopsia cuyos resultados no llegan a plasmarse en el texto, pero que nos hacen reflexionar sobre el amor, sobre el tiempo (el perdido y el que aún puede salvarse), sobre nosotros y los demás.

Un intenso, difícil manual del dolor y una inteligente reflexión sobre la impotencia sentimental.

Prosa cuidada, frases como leyes, virtuosismo estilístico y placer narrativo: Banville.

Reseña recomendada: El mar

30 de julio de 2012

La existencia: el debate

Hablamos mucho, como siempre, pero de otras cosas. Una tarde calurosa, el final de la semana de trabajo, llegamos apresurados, sudorosos, y aún así, preferimos la terraza y una cerveza fresquita. No parece que tengamos muchas ganas de entrar en materia, y es comprensible, porque los tiempos no están para existencialismos, y hay tantas cosas de que hablar... Hablamos del deterioro de nuestro estado del bienestar, de la disminución de nuestro poder adquisitivo, de la injusticia en el reparto de los sacrificios, de los políticos corruptos, de los banqueros sin escrúpulos, de la burbuja inmobiliaria. Hablamos, en fin, de un momento histórico en el devenir de nuestro país y, en general, de Europa, la abanderada hasta hace poco de la justicia social y de la democracia. Cuando todo se tambalea, resulta difícil preocuparse por un drama tan absurdo como el de esos niños, inquietos y asociales, de El mar, de John Banville.

Cuando por fin le hincamos el diente al libro, hubo acuerdo en cuanto a la belleza de la prosa y en cuanto a su maestría para hilvanar presente y pasado, yendo de un momento a otro de la historia de una forma fluida, sin cortes bruscos, devolviendo al ayer toda la contemporaneidad que en ocasiones adquiere el recuerdo.  

El protagonista de la historia, tras la muerte de su esposa, emprende un viaje, acompañado de su hija, al pueblo en el que pasó una parte de su infancia. Creo que a todos nos desazonó el desapego de protagonista hacia la vida, su falta de interés por su trabajo,  a pesar de haberse dedicado a escribir sobre arte, y por sus familiares (su madre, su mujer, su hija). Mencionamos, en su descargo, la apatía que genera la muerte de un ser querido.

Y de ahí pasamos ya a hablar del libro de Sartre, El existencialismo es un humanismo, y de su defensa de la responsabilidad individual. No entramos en detalles. No hablamos de si es justo atribuir a todos el mismo grado de responsabilidad, ni de si la libertad es igual para el que puede elegir entre cincuenta profesiones distintas y la del que puede elegir ir a la mina o no.  Pero sí nos gustó la idea de que nuestros actos, decididos libremente, no afectan solo a uno mismo, sino al conjunto de la sociedad. 

Bajo este nuevo prisma, encontramos en el personaje de El mar frases calcadas del libro de Sartre: "nada puede salvarnos de nosotros mismos", medita el protagonista, quizás responsabilizándose de la muerte de sus amigos, que presenció impasible. Su inacción, a la luz del libro de Sartre, se convierte en responsabilidad, y esa inacción parece ser la pauta que ha marcado su vida, una vida en la que se ha dejado llevar, dedicándose a escribir, indolentemente, una vida en lo que no parece haberse implicado en ningún momento, ni con su madre, ni con su mujer, ni con su hija. Y es tal vez esa inacción y esa falta de compromiso la que le socava por dentro.  

Atando cabos, tal vez podamos derivar de ahí un llamamiento a la acción y a la responsabilidad, a no descargar nuestra culpa en la inercia colectiva o en las imposiciones externas. Y así, entre el viaje interior al pasado y la arenga al compromiso, cerramos inconscientemente el círculo con nuestra improvisada conversación inicial.

23 de julio de 2012

El existencialismo es un humanismo, de Jean-Paul Sartre

El existencialismo es un humanismo es el texto de un conferencia impartida por Jean-Paul Sartre en París el 29 de octubre de 1945 a solicitud del club Maintenant. En ella, el filósofo intenta defenderse de la acusación de que su pensamiento desmoralizaba a los franceses en el momento en el que el país, en ruinas, más necesitado estaba de esperanza. Trata además de reconciliarse con los comunistas, que le reprochaban su cuestionamiento de la acción colectiva. En su conferencia, Sartre se sorprende de que la gente acepte mejor una novela de Zola que una suya, que le parezca menos descorazonador encontrarse con el sufrimiento y la injusticia que con el vacío o el absurdo. Se pregunta si, en el fondo, no será que lo que da más miedo de su pensamiento es que reniega del determinismo social y deja al hombre la posibilidad de ser libre. Y esa es la clave de su exposición: la defensa de la libertad del individuo.

La noción central de su discurso se basa en la idea de que “la existencia precede a la esencia”, es decir que el hombre no es, en esencia, una cosa u otra, sino que se hace en cada uno de sus actos y, cada vez que actúa, debe ejercer la libertad. Sin embargo, la idea romántica de la libertad como la capacidad de vivir sin ataduras y alcanzar la plenitud se tiñe en el pensamiento sartriano del peso de la responsabilidad. El hombre es libre, sí, pero también por ello es responsable de todos sus actos, que no solo repercuten en él, sino en el conjunto de la humanidad. Se queja Sartre de esa multitud de personas que piensan que sus actos solo les conciernen a ellos y cuando alguien les pregunta ¿y si todo el mundo hiciera lo mismo? se encogen de hombros, incapaces de asumir su responsabilidad. Cierto es, sin duda, que la responsabilidad puede convertirse en una carga difícil de sobrellevar. Frases como “el hombre está condenado a ser libre” o “nadie puede salvarnos de nosotros mismos” hacen patente ese peso que para Sartre adquiere una libertad a la que a menudo atribuimos tal vez erróneamente la cualidad de la ligereza.

Elegir no siempre es fácil. Sartre se proclama ateo y no le sirve por tanto la moral cristiana. Tampoco puede contarse con la naturaleza humana, ya que el hombre, precisamente por su libertad, no es fiable. Sartre sugiere que uno puede elegir dejándose llevar de su sentimiento. Pero aun así, “el sentimiento se define por los actos que uno realiza”, afirma, por lo que tampoco podemos recurrir a ellos para guiarnos. No queda más remedio entonces que inventar las reglas. Cada hombre ha de definir sus propios valores y seguirlos, aun a sabiendas de que no son más que una invención, sin otra existencia que la que les confiere la elección constante de cada individuo en su día a día. En ese sentido es en el que el autor declara que el existencialismo es un optimismo y una doctrina de la acción y no de la desesperanza. Frente al derrotismo que pueden inspirar los ensayos, las novelas o los textos teatrales existencialistas, el filósofo da en ese discurso una vuelta de tuerca a su doctrina y nos invita a mirar más lejos y a reinventarnos una vez abolidos todos los parámetros: una llamada a la acción y a la responsabilidad que adquiere renovada vigencia en tiempos tan inciertos como los nuestros.

22 de junio de 2012

TEMA: La existencia humana

Vaya tema el de hoy. Grande, sí, más grande que ninguno de los que hemos tratado y, sin embargo, de algún modo, tan nimio. Para tratarlo, hemos elegido dos lecturas: El mar, de John Banville, y El existencialismo es un humanismo, de Jean-Paul Sartre. ¿Qué está antes, la esencia o la existencia? Sartre nos responde que la existencia y con eso nos dice que no somos más que aquello que hacemos, es decir, que toda la responsabilidad es nuestra. Buf. El protagonista de El mar coincide en su apreciación de que "nada puede salvarnos de nosotros mismos". ¿Estamos solos? ¿Ante quién somos entonces responsables? ¿Ante los demás? ¿Ante el Universo? ¿Qué queda cuando la existencia se acaba? Si alguien tiene alguna respuesta, que la diga, pronto, que no están los tiempos para sucumbir a la angustia.

25 de mayo de 2012

El fin del arte, de Donald Kuspit


El fin del arte es obra de Donald Kuspit, profesor de historia y filosofía del arte en la Universidad del Estado de Nueva York y uno de los más destacados críticos de arte actuales. Publicado en 2004, la traducción española de Akal llega en 2006. Cabe decir que el estilo es enrevesado y no es fácil para el lector seguir la argumentación del autor, aunque poco a poco se entresacan teorías claras y bien fundadas que nos ayudarán a tomar una postura más ecuánime frente a las obras de arte de nuestros días.

Como indica el título, la hipótesis del autor es que hemos llegado al fin del arte y nos encontramos ahora en la era del postarte, un término acuñado por Alan Kaprow, artista contemporáneo dedicado a las performances. Kuspit cita a numerosos artistas y repetidamente a Duchamp, el inventor del ready-made o la teoría de que cualquier objeto se convierte en obra de arte cuando el artista lo dota de un sentido. Duchamp, a pesar del valor que Kuspit le atribuye, significa un punto de inflexión a partir del cual el arte empieza a perder su identidad estética. El arte elevado cae en desgracia, las normas desaparecen, y el concepto toma primacía por encima de cualquier otra noción. El arte deja de ser una experiencia estética para convertirse en una experiencia psicosocial. El resentimiento contra la belleza es además un elemento crucial del arte postestético y lo feo, lo repugnante, lo morboso ocupan el lugar que antes ocupaban lo bello, lo bueno o lo noble.

Kuspit nos cuenta entonces diversas teorías sobre la belleza. Cita a Cicerón y a Shopenhauer, que encontraban la belleza en lo sensible, así como a Hegel, que hallaba en el encuentro entre forma y sentido la explicación de la experiencia estética. El arte postestético, sin embargo, considera que el asunto es forma y que cualquier modificación es una falsificación, por lo que se concentra exclusivamente en la parte intelectual, dejando de lado todo el desarrollo sensual de la obra. Es posible, dice Kuspit, que esa conceptualización del arte (llevada a su máxima expresión por el arte conceptual) esconda en el fondo una incapacidad artística. Se queja Kuspit de que muchos artistas modernos muestran en su obra cuáles son sus valores, pero no aportan nada al espectador para que esos valores contribuyan a mejorar el mundo. La imaginación creativa desaparece al disociarse del alma humana y el arte acaba por parecer el primo pobre de los medios de comunicación que, por lo demás, cuentan con herramientas mucho más sofisticadas y eficaces para llevar a cabo la defensa de cualquier causa. No solo la obra de arte resulta poco eficaz, sino que se falsea a sí misma cuando desafiar las convenciones ya no es defender el yo, sino una estrategia comercial de éxito: generar controversia, según los parámetros actuales, es mejor que ser inmortal.

El artista, por otra parte, se mercantiliza hasta convertirse él mismo en un producto en venta. Warhol, en 1975, lo dejó claro: “El arte de los negocios es el paso siguiente al Arte”. Ahí ya todo vale. Como anticipara Gauguin, “una época terrible se avecina [...] para la nueva generación: el reinado del dinero”. Los enfants terribles son rápidamente institucionalizados, los objetos que son propiedad de un artista con fuerte personalidad, como Warhol, se venden a precios astronómicos en las subastas, los casinos de Las Vegas se rodean de museos de arte contemporáneo. El éxito depende de lo bien que una persona se venda en el mercado, de lo bien que imponga su personalidad y el artista deviene a la vez vendedor y mercancía. El arte se convierte en negocio, si no en un puro juego de azar.

            Pero lo peor para Kuspit es que la obra de arte deja de ser la representación de la subjetividad. Mientras artistas como Kandinsky, Malevich o Mondrian se esforzaban por plasmar en su obra su realidad interior, los artistas postmodernos menosprecian la subjetividad en un mundo donde todas las opiniones parecen ser igual de válidas. Y sin embargo, lo cierto es que sin subjetividad, el arte se vacía, quedando solo el poso de su valor mercantil o de entretenimiento. Kuspit recuerda la bella teoría de  Coleridge, para quien la función del arte era reflejar los momentos trascendentes de las situaciones cotidianas. Pero los postartistas no creen en la trascendencia, no creen que lo cotidiano se pueda experimentar estéticamente, no creen que el arte implique una transformación imaginativa. Para Kuspit, en cambio, el arte es ante todo una respuesta empática a la condición humana y es precisamente ese humanismo lo que parece haber perdido el arte actual.

No obstante, y a pesar del título del libro, Kuspit no ha perdido su fe en el renacimiento del arte y termina ensalzando la obra de un grupo de artistas llamados los Nuevos Viejos Maestros, en los que parece fundirse de nuevo la habilidad del artesano y del maestro para dar forma a un cuadro con los valores humanos y la visión única y subjetiva del artista. Se trata de un grupo que desconozco y al que habrá que investigar.

            No diré que El fin del arte sea una lectura amena, pero una vez desbrozado el camino emergen dos ideas claras que vale la pena tener en cuenta: la necesidad de una visión personal y humanista en la obra de arte y la importancia de que esa obra sea sincera y no un mero producto de comerciantes y relaciones públicas. Kuspit alienta al lector a recuperar el placer de la emoción estética y a mantener un espíritu crítico ante el arte, que nos ayudará sin duda a separar el trigo de la paja en nuestras próximas visitas a las salas de exposiciones y museos.

19 de mayo de 2012

"EL PUÑO INVISIBLE" de Carlos Granés


"EL PUÑO INVISIBLE, arte, revolución y un siglo de cambios culturales" de Carlos Granés.
Editorial Taurus.
Premio de Ensayo Isabel de Polanco 2011

Sábado por la mañana, muy temprano. Desde mi mesa veo cómo asoman, por sobre el peto de la terraza,  las esculturas que coronan el remate de la fachada monumental de San Francisco El Grande, obra de Sabatini, inmenso artista. Detrás veo el arranque de la cúpula, de Antonio Plo, otro artista. Y todo sobre el proyecto de Francisco Cabezas. Van tres artistas para una sola obra. El arte como proyecto unitario que se desarrolla en el tiempo, al margen de sus protagonistas, para crear una obra única. Estamos hoy tan acostumbrados a las estrellas del arte, a los Barceló, los Foster, los Koons o los Calatrava, que parece imposible pensar en un artista como parte de un equipo o de un proyecto cuyo fin único no sea la exclusiva propagación de su obra o el premiar a tal o cual museo o a tal o cual ciudad con el privilegio de que tales genios desciendan de las alturas para dignarse a soltar unas migas de su arte sobre nosotros, simples mortales. Artistas únicos e individuales. Como ejemplo recordemos la pataleta en forma de demanda que Calatrava puso contra Isozaki por osar atreverse a completar una obra suya en Bilbao para corregir alguno de los habituales fallos y carencias del valenciano. Y sin embargo, el arte constituye, a pesar de todo y de todos, un proyecto único de la humanidad, que se ha desarrollado linealmente reflejando con fidelidad el devenir político y social del hombre y en el que cada individuo que se atrevió a intentarlo, aportó su parte para el avance de la obra total. 


 Tal vez sea esa una de las conclusiones que puedan sacarse tras leer el ensayo de Carlos Granés “El Puño Invisible”. El libro desarrolla durante casi cuatrocientas de sus cuatrocientas sesenta y cinco páginas, una historia detallada y muy bien escrita de las vanguardias artísticas y culturales del Siglo XX, haciendo hincapié en los procesos de gestación de sus ideas, el desarrollo de los grupos que las formaron, su obra y su final o su transformación en nuevos movimientos. Queda patente cómo el afán de separarse de la corriente, el romper con la cultura oficial y el diferenciarse de los otros que lo intentan, no hace más que continuar la línea temporal de ese proyecto artístico total del que hablábamos.


Pero quizás el punto más interesante de su tesis, y lo que justifica su lectura, es la manera en que nos revela el proceso de incorporación, por parte de la sociedad, de las ideas básicas de las diversas vanguardias al uso y la vida del común de la gente, desactivando su carga ideológica, desarmando su afán revolucionario y transformándolas, en última instancia, en objeto de consumo y, cómo no, en dinero contante y sonante. Es interesante también, y merece debatirse en profundidad, la idea que propone que las vanguardias de principios de siglo XX exigían un futuro; las de la postguerra, los sesenta y los setenta luchaban por un presente y las de hoy (15M, etc) reclaman no quedarse fuera del sistema, reclaman el derecho a la burguesía, o sea, reclaman el pasado.

Lo más logrado del trabajo de Granés puede estar en cómo nos presenta y nos permite entender simultáneamente, por ejemplo, el escándalo social que supuso en su tiempo la irrupción de Dadá, el urinario de Duchamp o las primeras perfomances surrealistas, a la vez que nos hace reconocer la indiferencia absoluta que nos provocan hoy, como sociedad, las obras de autoflagelación de Marina Abramovic o los cadáveres de animales flotando en formol de Damien Hirst. Un espectador distraído puede impresionarse al presenciar ingenuamente alguna de estas obras pero lo que de verdad asombra y moviliza a la sociedad actual es que alguien pague diez millones de dólares por un tiburón metido en una vitrina llena de formol. Por cierto, dicha obra se llama La imposibilidad física de la muerte en la mente de algo vivo (The Physical Impossibility of Death in the Mind of Someone Living).


Por otro lado, y siendo verdad que muchas de las vanguardias se deshicieron sin dejar una obra significativa o unos tratados teóricos sesudos que sirvieran de apoyo a sus actividades, y que casi todas ellas acabaron colaborando en la instauración de lo que se está dando en llamar “la cultura del espectáculo”, lo que incomoda o no llega a convencer del libro de Granés es la simpleza de algunas conclusiones que parecen asomar del texto sugiriendo que las vanguardias solo fueron unos fogonazos deslumbrantes provocados por unos pirómanos que no dejaron más que cenizas y que los artistas que destacaron y perduraron en el pasado siglo lo hicieron una vez que se desvincularon de ellas, ya que de esa manera se está negando el inmenso poder movilizador que tuvieron estos movimientos, la casi incombustible voluntad de cambiarlo todo de la manera que fuera y, quizás sí en menor medida, los grandes creadores que se acercaron al arte a través de ellas y legaron una obra que existe gracias a esa chispa que encendió la mecha vanguardista.

Atraviesa la obra de Granés un cierto tufillo conservador. Demasiados calificativos despectivos se deslizan sutilmente sobre muchos de los protagonistas de las vanguardias y muchas anécdotas ridículas o por lo menos absurdas ejemplifican sus derroteros como para suponer imparcialidad en las valoraciones que hace. En esta línea y a día de hoy, no parece casual la encendida reseña recomendando el ensayo de Granés que Vargas Llosa hizo desde las páginas de El País en diciembre pasado:

Un par de meses después de esa reseña aparece el nuevo libro del Nobel titulado “La Civilización del Espectáculo” donde, según las críticas aparecidas, abundando en el concepto esbozado en el ensayo de Granés, se dedica a lamentar la falta de una Alta Cultura y a, como poco, desconfiar de las nuevas tecnologías y sus aplicaciones culturales. En síntesis, antes éramos más cultos, los ordenadores nos estupidizan y  la cultura de masas es cuando menos sospechosa. A este respecto es interesante y muy revelador el artículo de Jorge Volpi, también en el El País, sobre el libro de Vargas Llosa:

Y pienso en Freud: hay que matar al padre.

El arte es ruptura, es investigación, es rebeldía, es innovación. Desconfiar de cualquiera de esas premisas es negar su propia esencia y es allí donde parece hacer aguas el ensayo de Granés. Nos deja la sensación de que “artistas eran los de antes” y que todos esos vanguardistas eran unos irresponsables, anarquistas, melenudos o terroristas que no practicaban una forma de arte alternativo si no solo una forma de política contestaria.

Estas verdades absolutas y los lamentos por el pasado, me hacen recordar temerosamente a la inscripción que ostenta el siniestro monumento a Eugenio D’Ors, Jefe Nacional de las Artes en el primer franquismo, y que, lamentablemente, aún se levanta en el Paseo frente al Museo del Prado,  desde donde pontifica a los cuatro vientos algunas barbaridades como que la política debe ser católica, que la cultura solo es una y, para rematar, que “todo lo que no es tradición es plagio”, negando de esta manera la posibilidad y el derecho a cualquier intento de investigación artística individual, a cualquier atisbo de rebeldía respecto de lo establecido y, en resumen, a cualquier posibilidad de generar arte de verdad. Alguien debería poner junto al monumento un panel informativo que cuente quién fue este personaje y lo que su pensamiento representa para que ningún distraído tome sus palabras como ciertas. O demolerlo en nombre de la Memoria Histórica. Eso hubieran hecho, con justicia, muchos vanguardistas del siglo XX.

El libro de Granés revela una gran investigación y un trabajo inmenso pero debe ser leído sin olvidarse que las vanguardias surgen para señalarnos que algo no funciona.