9 de abril de 2014

Maldita perfección. Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza. Rafael Argullol

Rafael Argullol es un autor prolífico y merecedor de numerosos premios. Es además catedrático de Estética y Teoría de las Artes en la Facultad de Humanidades de la Universidad Pompeu Fabra. Y es, en mi opinión, uno de esos eruditos humanistas que parecen extinguidos de la faz de la Tierra. 
Maldita perfección recoge 22 ensayos, escritos con ese estilo híbrido que caracteriza a Argullol y que combina la narración con la exposición de ideas y la transmisión de información. En cada uno de esos ensayos Argullol se detiene en una obra de arte, pero su exploración se guía por una visión subjetiva, por un viaje interior del autor desde sus conocimientos previos hasta el descubrimiento de ese elemento transcendental que esa obra en concreto posee.
            El subtítulo del libro, “Escritos sobre el sacrificio y la celebración de la belleza”, debería arrojar luz sobre las intenciones del autor al elaborar esa compilación. Si bien las conexiones con el sacrificio son oscuras, lo que sí brilla en un ensayo tras otro es la celebración de la belleza en relación con el arte.
            “El arte vela y revela al mismo tiempo la verdad de las cosas: el enigma”, dice Argullol. Y eso es lo que hace el autor en sus ensayos, si bien indirectamente, porque no es él quien nos revela los enigmas, sino el que nos lleva de la mano y nos hace partícipes de las propias revelaciones que él mismo experimenta ante una selección de obras de arte que incluyen tanto obras pictóricas como obras literarias de distintos estilos y épocas.
            Si tuviera que recomendar algunos de los ensayos, recomendaría en primer lugar el de “Meditación en torno a un cuerpo yacente”, en el que el autor nos narra su primer enfrentamiento a un cadáver para acabar hablándonos de su encuentro con El Cristo de Mantegna, un cuadro en el que el pintor tuvo el magnífico acierto de retratar el cuerpo de Cristo tumbado sobre una mesa y visto desde los pies, una forma sumamente original de realizar un retrato, pero más aún de mostrarnos a la figura de Jesucristo. Argullol define ese instante como: “el momento más humano de Cristo. No hay otro en el que esté tan desprotegido”. Y es precisamente esa humanidad, esa vulnerabilidad máxima, la que nos acerca al cristianismo primitivo, al del hombre que quiso sacrificarse y que puso al alcance de los pobres el reino de los cielos.
            Muy recomendables son también los ensayos sobre El jugador de Dostoievsky, donde Argullol pone de relieve la anatomía de una pasión por encima de otros aspectos formales de una novela escrita en 21 días, o sobre El Gatopardo, de Lampedusa, una de las pocas novelas contemporáneas en las que el protagonista tiene rasgos de héroe clásico. Claro que también es posible que me hayan gustado a mí más simplemente porque son obras que me gustan. En realidad, hay ensayos para todos los gustos y  todos ellos tienen algo que descubrirnos.
            Que alguien quiera hoy contarnos hoy una experiencia estética, que haga además semejante despliegue de sabiduría y conocimientos, puede resultar excesivo e incluso suscitar cierto desasosiego, pero merece la pena. El esfuerzo de detenernos un poco y dejarnos abrumar por la erudición de Argullol nos compensará con el placer de acompañarle de enigma en enigma.


28 de marzo de 2014

Tema: La belleza

Nuestro último debate giró en torno a la belleza. Leímos Maldita perfección, de Rafael Argullol, El loro de Flaubert, de Julian Barnes, y Lo bello y lo triste, de Yasunari Kawabata.
Nos hicimos muchas preguntas. ¿Qué es lo bello? 

            ¿Qué relación hay entre lo bello y lo bueno? ¿Puede aceptarse como bello algo que consideramos malo? ¿Es bello el cuadro de Saturno devorando a sus hijos? ¿Y una corrida de toros?
Una tormenta es bella cuando se mira desde la ventana, pero ¿sigue siendo bella cuando se está a bordo de un barco de pesca?
            ¿Hay cánones universales? ¿O cambian los cánones en función de la época o de la cultura?
A veces confundimos también la belleza con el arte pero no son lo mismo ¿cómo se relacionan?
            Muchas preguntas, pero pocas respuestas para un tema como es el de la estética que parece secundario en tiempos de crisis pero ¿lo es realmente?

1 de marzo de 2014

Chavs: la demonización de la clase obrera



Consideraba E. P. Thompson, el gran teórico renovador de las ideas sobre las clases y la configuración de las sociedades industriales capitalistas, que había que prestar una particular atención a la “experiencia” de los protagonistas, y que las teorías, en especial las grandes teorías y los grandes conceptos, sólo son válidos en la medida en que ayuden a entender las vivencias, emociones, prácticas diarias, o relaciones entre las personas concretas, en su momento concreto.
Owen Jones, en su “Chavs: la demonización de la clase obrera”, prescinde por completo de las grandes teorías, y se centra en las dos caras de la experiencia de la clase trabajadora en el Reino Unido actual: cómo la clase obrera, o mejor, los integrantes de esa clase, se percibe a sí misma, cuáles son sus aspiraciones, condiciones de vida y obstáculos para su mejora, y cómo la clase dominante percibe, o quiere percibir, a esa clase trabajadora.
No se ocupa el autor de ninguna teoría sobre las clases, sino de cómo la realidad de la clase, que mantiene su plena vigencia en la realidad contemporánea, es vivida en su concreción, y en cómo las modificaciones en la realidad de la estructura económica y productiva de la sociedad han determinado que se llegue al punto actual.
Ya desde el título, el autor otorga un papel clave a la construcción de la imagen de la clase trabajadora. El texto analiza con detalle tanto esa construcción como las consecuencias que se derivan de ella: cómo para la puesta en marcha del programa de cambio de la sociedad a la que aspiraba el Partido Conservador con la llegada de Thatcher al poder se conjugan las medidas directas de ataque a la clase trabajadora (ataque al sector minero, al sector industrial, promoción del sector financiero, traslado de las cargas impositivas desde los sectores más adinerados a los menos) con los ataques a la propia condición de la clase trabajadora.
El poder insiste una y otra vez, a través de sus múltiples canales de control de los medios de comunicación, en que “las clases no existen”, “todos somos clases medias”, en que las malas condiciones de vida son estrictamente individuales, culpa de quienes se encuentran en esa situación, y que estas personas que no se han incorporado a la clase media deben “aspirar” a esa integración, abandonado su clase.
La sociedad, según estos mensajes, estaría formada por una omnipresente clase media y un grupo de inadaptados, vagos, aprovechados, incapaces, que, por sus propias características, han quedado al margen de la corriente social mayoritaria. Se sigue de esta concepción de la sociedad que no hay ninguna obligación, ni política ni ética, de tomar medidas desde el poder para mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora, ya que no existiría tal clase, y los marginados de la sociedad lo son por sus propias insuficiencias y falta de ambición.
Esta imagen, esta demonización, es la que el autor combate, eficazmente en el texto, mostrando sus mecanismos de elaboración y difusión y desmontando sus argumentos. La clase trabajadora existe, es numerosa, tiene problemas identificables, y es víctima, y no culpable, de su situación; situación que puede y debe mejorarse, para atender a las necesidades concretas de personas concretas.
No es realista supeditar la mejora de las condiciones de vida a una salida de la propia clase, sino que debe trabajarse por mejorar las condiciones de vida de la clase trabajadora en su conjunto, aunque sigan siendo clase trabajadora. Tras la segunda Guerra Mundial, el gobierno laborista liderado por Atlee y Bevan se centró en ese objetivo, y creó el estado de bienestar británico.
Un estado de bienestar cuya historia, con sus victorias y sus insuficiencias, es una historia globalmente de éxito. La clase trabajadora obtuvo viviendas en condiciones dignas, atención sanitaria universal, y trabajos estables con sueldos aceptables y condiciones duras, pero que proporcionan medios de vida suficientes, gracias en parte a unos sindicatos con poder en la gestión de las relaciones laborales. Los laboristas tenían un modelo social, y lo fueron poniendo en marcha, ganando la batalla de las ideas, de modo que los conservadores, cuando ganaron elecciones, debieron limitarse a administrar y gestionar, sin discutirlo, ese estado de bienestar que se fue consolidando.
En los últimos años la situación es la inversa. El modelo social representado por Thatcher acaba con el modelo social anterior, y es aceptado por los laboristas, que en su largo periodo de ejercicio de poder no sólo no revierten las medidas conservadoras, sino que, gestionándolo, profundizan en el modelo, con mejoras puntuales, pero no estructurales, para los sectores desfavorecidos.
Bajo el “Nuevo Laborismo”, la minería productiva, la manufactura industrial, las viviendas sociales, los sindicatos, los sueldos de los trabajadores, la estabilidad en el puesto de trabajo, siguen siendo objeto de ataques ininterrumpidos; la clase obrera sigue siendo demonizada, y la insistencia en que “todos somos clase media” se extiende.
El autor huye voluntariamente de generalizaciones y construcciones teóricas, analizando la situación concreta del Reino Unido en la actualidad. Sin embargo, sí ofrece una caracterización genérica de quienes considera integrantes de la clase trabajadora (quienes viven de vender su fuerza de trabajo, y tienen poco o ningún control sobre sus tareas laborales) y sobre las principales necesidades que deben atenderse.
La clase trabajadora necesita viviendas en número y condiciones adecuados; trabajos estables y bien remunerados; sindicatos con capacidad de intervención en el puesto de trabajo; educación y sanidad de calidad de acceso universal. Tales medidas son, para el autor, factibles y realistas, aunque precisan, antes de nada, de un reconocimiento de que la clase trabajadora existe, de que esos sectores sociales no son culpables de su situación y sí dignos de atención, y por tanto pensar en sus necesidades, poniéndolas dentro del debate público y político.
Para ello debe dejar de ser aceptable la ridiculización pública de la clase trabajadora, como lo es la de cualquier otro colectivo. Debe detenerse la proliferación de los estereotipos, y el conjunto de la sociedad debe empezar a ver ejemplos de clase trabajadora bajo una luz positiva.
Ambos conjuntos de actuaciones, las políticas y las periodísticas, están obstaculizadas por el hecho de que la inmensa mayoría de los políticos y periodistas proceden, en la actualidad, de sectores privilegiados de la sociedad, y no pueden, salvo con un gran esfuerzo personal, identificarse, ponerse en el lugar, entender, las preocupaciones y los motivos de actuación de la clase trabajadora.
El autor tiene como objetivo declarado volver a situar en la agenda pública la idea de clase como uno de los elementos de análisis de la realidad. Y, a pesar de algunos altibajos, argumenta convincentemente su postura. Si bien su análisis está restringido al Reino Unido, no es difícil aplicar los análisis a otros lugares. Un libro que difícilmente decepcionará a sus lectores.

Pablo Gutiérrez

26 de febrero de 2014

¡Viva la lectura y muerte a la indiferencia!

Hace tres años, a estas horas, me preguntaba: ¿cómo es posible que gente como la que acabo de conocer esta tarde haya perdido un solo minuto en invitarme a esa tertulia e incluso haya escuchado con atención mis pobres y balbuceantes palabras? Salí de esa reunión lleno de admiración por cada una de aquellas personas, envuelto en optimismo inconsciente y embozado en la cobardía de mi presumible incapacidad para afrontar el reto que nos marcábamos. Crear un club de lectura para leer mes a mes un ensayo y una novela. Aún hoy, 36 meses después, sigo pensando cómo es posible hacer una selección humana tan afín, tan heterogénea y tan complementaria. Maite debe tener el verdadero secreto, a mi sólo se me ocurre la palabra confianza. Confianza en el próximo conocido y confianza en el otro desconocido.

Casi un centenar de libros después, tras muchas horas de tertulia presencial, de charla virtual y de conexiones astrales, nos hemos acercado hasta desmenuzar nuestras conciencias para constatar que además de apasionarnos la lectura, nos apasiona la vida, nos preocupa el presente, estamos convencidos que otro mundo es posible y que, aún de forma limitada, Tertulectos puede y debe facilitar esa otra manera de pensar la sociedad. Estamos convencidos de que SI SE PUEDE.

El nombre del grupo y la creación del blog Tertulectos vinieron un poco más tarde. Nacieron de esa necesidad de trasladar el conocimiento más allá de nuestro reducido entorno para –en palabras de Almudena de hace unos minutos- “seguir poniendo granitos de arena, a ver si las palabras van calando y se nos pasan las ganas de tirar piedras” 

Leer, debatir y contarlo no es fácil y requiere un esfuerzo que sólo la ilusión recompensa. Y este es otro de los principios, no caer en el patrocinio, ni en condicionantes externos, reseñar y escribir sólo desde la conciencia individual. Tal vez el blog respire demasiada asepsia, tal vez le falte calor y color, pero puedo garantizar que el contenido es contundente y rayano en la excelencia. Casi 18.000 visitas y el premio LIEBSTER BLOG AWARD, concedido por otros blogueros, lo avalan.

Hace unos meses creamos una página en Facebook para compartir información y proponer debates de forma más espontanea y aprovechar la frescura e inmediatez que esta red social posibilita. Estamos muy satisfechos con los resultados y os invitamos a participar.

Debo terminar y tengo que hacerlo con una frustrante reflexión: “Lo mejor de Tertulectos no está en este blog, ni en Facebook, ni en el aire. Lo mejor de Tertulectos son las personas que forman este grupo y vosotros los que nos leéis y seguís. Estáis invitados a nuestras tertulias ¡Viva la lectura y muerte a la indiferencia!

He aprendido mucho en estos tres años, pero además, y perdonad la jactancia, también habéis conseguido que crea, que algo he enseñado y esto es puro humanismo de vuestra parte. 

Gracias Maite, Kina, Carmen, Charo, Claudio, Almudena, Milica, María, Mª Carmen y todas/os los/as que habéis compartido momentos inolvidables y que por motivos profesionales o personales sois hoy satélites brillantes que algún día reaparecerán como supernovas.


¡Felicidades Tertulectos!

31 de enero de 2014

Tema: Las clases sociales

Nuestro tema de este mes es el de las clases sociales, un tema que viene al caso porque tiene mucho que ver con la desigualdad creciente que se observa en España y en el mundo, y con la consiguiente merma de esta clase media, que tanto progreso nos ha aportado.
Según escribía recientemente Daniel Raventós, el último informe publicado por el banco suizo UBS da cuenta de que, finalizado 2013, 2.170 humanos acumulan 6,5 billones de dólares, una fortuna que representa todo el PIB mundial menos los de China y de EEUU. No solo eso, sino que esa fortuna no la han acumulado progresivamente, sino que la han incrementado en un 60% en los últimos cuatro años, es decir, en los años de crisis. Resulta desconcertante. ¿De verdad es beneficioso que no haya límites al enriquecimiento? ¿Es cierto que la riqueza genera riqueza? ¿Se debe o se puede poner coto a la acumulación?
Los libros elegidos para el debate son Tigre blanco, de Aravind Adiga, y Chavs, la demonización de la clase obrera, de Owen Jones. El primero cuenta la historia en primera persona de un niño nacido en un pueblo miserable de la India que llega a ser empresario de éxito. Pese a lo que pueda parecer, lo que nos muestra es una sociedad inmovilista, donde las personas están condenadas a la esclavitud salvo que sean capaces de utilizar la crueldad y la violencia.
El segundo es un ensayo sobre la percepción de la clase trabajadora en Gran Bretaña y los tópicos que en torno a ellos se han ido construyendo. Visto desde España, da la impresión de que se observan grandes diferencias. ¿Está demonizada la clase obrera en España? ¿Nos gobierna, como en Gran Bretaña, una clase media que accede a una educación de calidad? Jones dice que los gobiernos conservadores y laboristas habían llegado a creer que las clases habían desaparecido y que todos sus ciudadanos iban a formar parte de la clase media. ¿Han desaparecido las clases? ¿O, como observa Jones, lo que ha desaparecido son los tipos de empleo que tenía la antigua clase trabajadora? ¿Estaremos asistiendo, como afirma Guy Standing, al surgimiento de una nueva clase social, la del precariado? 

21 de enero de 2014

Viaje al fin de la noche: la violencia cotidiana

«No hay que olvidar que en la vida corriente cien individuos por lo menos a lo largo de una sola jornada muy ordinaria desean quitarte tu pobre vida: por ejemplo, todos aquellos a quienes  molestas, apretujados en la cola del metro detrás de ti, todos aquellos también que pasan delante de tu piso y que no tienen dónde vivir, todos los que esperan a que acabes de hacer pipí para hacerlo ellos, tus hijos, por último, y tantos otros. Es incesante. Te acabas acostumbrando». 
Céline. Viaje al fin de la noche.
Este figurado «viaje» hacia el final de la noche comienza cuando nuestro protagonista, un poco más que adolescente Ferdinand Bardamu, decide alistarse en el ejército francés para luchar en la Primera Guerra Mundial. Cuando llegue hasta el amanecer habrán transcurrido unos quince años. 
Entre ambos puntos se suceden los viajes reales: primero, el joven Ferdinand se traslada al frente belga. Vuelve a París, licenciado tras ser herido, y encadena varias relaciones amorosas; la que más le marca, con la americana Lola. Más tarde marcha a las colonias francesas en el Congo, donde obtiene un extraño trabajo regentando un símil de tienda de ultramarinos en medio de la selva. Un barco de esclavos (o casi) lo lleva a Estados Unidos, donde contempla boquiabierto Nueva York, esa «ciudad de pie», y trabaja brevemente en las factorías de automóviles de Detroit. Allí también conoce a Molly, hacia la que, dice, «no tardé en experimentar un sentimiento excepcional de confianza que, en los seres atemorizados, hace las veces de amor». Movido por sus deseos de conocimiento, y por algo, no sabe qué, que lo impulsa a regresar a Europa, se instala nuevamente en París, donde retoma sus estudios hasta convertirse en médico; y vuelve a su barrio (Rancy, comuna en los suburbios orientales de la capital francesa), en el que se desarrolla la parte central y, para mi gusto, más cruda de esta historia. Tiempo después abandona Rancy sin avisar a nadie, y termina empleado en una institución mental, donde se reencuentra con un antiguo profesor: el histriónico Parapine. A través de esta trama de idas y venidas, un personaje aparece y desaparece constantemente: su amigo Leon Robinson. 
El periplo, pues, es largo, y la novela también, pero la maestría del escritor y médico francés Louis-Ferdinand Auguste Destouches (alias «Céline»; Courveboie, 1894 – París, 1961) nos hace transitar por ella con los suficientes sobresaltos, los mismos que jalonan la vida de su protagonista, como para mantenernos alerta e interesados. 
Punto y aparte merece el estilo, a la vez cercano y elevado. Ferdinand y el resto de sus compañeros de «viaje» hablan con la jerga de la calle, de los suburbios, de la clase obrera. En la traducción al castellano se usan términos como «jeta», «jodienda», «hostia» y otras lindezas, que tendrán su correspondencia en el francés más florido de los barrios bajos. Estas palabras hoy en día hacen sonreir, pero es de suponer que cuando fue publicada la novela (1932) los lectores no estuvieran acostumbrados a semejante despliegue de terminología callejera. Pero, junto a esta llaneza, Céline es capaz también de poner en la mente de Ferdinand ideas de una gran profundidad y belleza, casi siempre con toques de humor, como cuando habla de esa mujer, la señora Puta, que «no es que fuese fea (…) sólo que era tan prudente, tan desconfiada, que se detenía al borde de la belleza»
La especial moralidad y la conducta sexual del protagonista es otro de los temas centrales de la historia. No desprecia a las mujeres, y las trata la mayoría de las veces en pie de igualdad con los hombres. Más bien equipara su sexualidad a la masculina, algo que en esa época (y aún hoy, diría yo) estaba lejos de ser bien visto por la sociedad. Ferdinand igual espera pacientemente durante toda la noche a que su novia parisina termine de «alternar» con unos ricos argentinos, que tiene una aventura con la prometida de su mejor amigo, y hasta fantasea con la posibilidad de hacer un «cuarteto» (no de cuerda precisamente) con esa pareja y su nueva novia polaca. La naturalidad y el relativismo moral impregnan sus relaciones.

En nuestra tertulia sobre la violencia discutimos acerca de si «Viaje al fin de la noche» había sido una buena elección para ilustrar el tema. Yo misma, al leer la que fue primera y más exitosa novela de Céline, me planteaba constantemente cómo encaja la violencia en la trama: ¿son sus personajes abiertamente hostiles entre sí? ¿Se desarrolla en ambientes de dolor? ¿Hay desprecio por la vida, pobreza suprema, guerra, enfermedades, muerte, celos, venganzas, crueldad y demás sentimientos bajos del ser humano? Indudablemente, todo eso es así. Entonces, ¿por qué me repetía esa pregunta, una y otra vez? ¿No estaba ya claro que se trata de una obra «sobre» la violencia? 
Más tarde, con perspectiva, he pensado que no es ésa la preposición más adecuada para caracterizar esta historia, escrita por uno de los autores franceses más influyentes del siglo XX, el más traducido después de Proust. «Viaje al fin de la noche» es un relato más bien «desde» la violencia e incluso «contra» ella. 
«Desde», tal vez (de eso he sido consciente después), porque en esta historia la violencia no es ruidosa, no te hace apartar la vista de las letras impresas con asco y horror; es soterrada y cotidiana. Está presente siempre, pero en pequeñas dosis la mayoría de las veces. Se encuentra inserta en el desprecio que Ferdinand y otros personajes sienten por la vida ajena e incluso por la propia. En el frente de batalla hay violencia; también en el hospital de veteranos donde el protagonista se recupera de sus heridas físicas y mentales; en el África colonial hay una violencia pegajosa; en Estados Unidos se respira un ambiente deshumanizado (con el oasis en los brazos de la prostituta Molly, de los pocos personajes amables del libro). Pero donde, a mi entender, la historia es más descarnadamente violenta desde dentro, en el mismo corazón de la vida de todos, es en el París de los barrios bajos donde el protagonista ejerce como médico. La muerte es cotidiana en los patios de vecinos: el niño Bèbert fallece de una enfermedad infecciosa sin que nada se pueda hacer por él, ni su tía, la portera, derrame más lágrimas de las necesarias; el matrimonio Henrouille busca la manera de acabar con la vieja, la madre de él, y no dudan en contratar a un mercenario para hacer el trabajo sucio; el mismo Ferdinand calcula a qué enfermos le conviene más atender, en función de las posibilidades de la familia para pagar la minuta. 
Y pienso que es una obra «contra» la violencia porque Céline pone en boca de su protagonista, en gran parte posiblemente un trasunto de sí mismo, varios alegatos en contra de la guerra. Aunque el pacifismo de Bardamu es paradójicamente violento, más bien despectivo respecto a la guerra y el poder. Un pacifismo cobarde. El discurso anti-bélico más contundente lo realiza ante Lola, su amante americana, y conduce irremisiblemente a la ruptura de la pareja:
«Sí, de lo más cobarde, Lola, rechazo la guerra por entero y todo lo que entraña… Yo no la deploro… Ni me resigno… Ni lloriqueo por ella… La rechazo de plano, con todos los hombres que encierra, no quiero tener nada que ver con ellos, con ella. Aunque sean noventa y cinco millones y yo sólo uno, ellos son los que se equivocan, Lola, y yo quien tiene razón, porque yo soy el único que sabe lo que quiere: no quiero morir nunca».
Se ha especulado mucho sobre los paralelismos entre la vida de Ferdinand Bardamu y la del propio Céline, también llamado Ferdinand. Céline luchó en la Gran Guerra, fue médico además de escritor, viajó a África y América, y tuvo varias esposas pero un solo gran amor, la americana Elizabeth Craig, posiblemente reflejada en los personajes de Lola y Molly. A ella dedicó esta novela, este terrible viaje a través de la noche, para llegar a un amanecer confuso y neblinoso, en el que Ferdinand no sabe si verá el sol.