14 de diciembre de 2014

Por qué nos gustan las mujeres, de Mircea Cartarescu

Por qué nos gustan las mujeres es una colección artículos o relatos sobre las mujeres, obra del escritor rumano Mircea Cartarescu. Si abres el libro, te encontrarás en primer lugar con el prólogo escrito por Max Lacruz Bassols en el que se explica que el libro ha sido un fenómeno editorial en Rumanía y que fue elegido libro del año en 2005. Se menciona además lo sorprendente de este hecho, teniendo en cuenta que Cartarescu es un autor de culto, considerado difícil, candidato al premio Nobel y comparado por la crítica con Borges, Proust o Kafka. Se habla también de la madurez que muestra el autor en esta obra “de escritura sencilla y liviana” para pasar a revelar, finalmente, que la mayoría de los textos son encargos de la revista Elle en su edición en lengua rumana. “Historias pensadas para mujeres, se pensará de inmediato. Literatura de consumo, literatura femenina. Pues no está claro que sea así [...].” Quizás ahí debería saltar la primera alarma pero es posible que no la oigas, como me pasó a mí, y des comienzo a la lectura con curiosidad y buen ánimo. 

El primer artículo con que te encontrarás es “La negrita” (segunda alarma) donde, después de contarnos algún recuerdo suyo, nos explica su fascinación por una mujer vista en el metro de San Francisco.
El siguiente, “Para D., vingt ans après”, es más interesante y nos habla de una chica con la que salió, que dormía con los ojos abiertos y que tenía como cualidad especial el recordar con detalle sus sueños. De D. nos dice el autor que “era maravillosa”, que “tenía los más hermosos ojos azules” y que “no era muy inteligente, [...] me compadecían aparatosamente por el desequilibrio de nuestras relaciones”. Afirma después: “Más tarde, al narrar sueños en mis libros, me aproveché en innumerables ocasiones [...] para robarle las más encantadoras y mejor trabadas visiones” y termina con lo siguiente: “Ruego a D. –wherever she is- (¿¡??) que acepte este pequeño texto no solamente como moneda de cambio por las palabras que me dijo no hace tanto sino como un tierno homenaje”. Llegados a este punto creo que ya las alarmas se han acabado de disparar.

El autor sigue contándonos en escritos de género híbrido, en el que se entremezclan los recuerdos con las fantasías, sus relaciones con mujeres, relaciones en las que ni una sola mujer sale bien parada.
En “Zarcillos”, la relación con una mujer mayor acaba en gatillazo porque ella le recuerda a... ¡su madre1, y en “... a lovely little jewish princess”, Cartarescu afirma: “Los críticos dividen a los escritores de diferentes maneras [...], pero por lo que a mí respecta, también se les podría dividir en escritores que han tenido pocas mujeres y escritores que han tenido muchas mujeres”. Así, tal cual, desentendiéndose de la mitad del género humano de un plumazo.
Desde ese momento, es probable que te cueste ser objetivo, porque no encontrarás más que mujeres despreciadas. Y hasta cuando dice que la belleza no importa cuando de verdad quieres a alguien, y estés a punto de reconciliarte con él, es posible que te retumben los tímpanos con eso de que “practicamos el sexo con un cerebro de hombre, pero queremos con uno de niño”, como si la confianza, la generosidad, la camaradería o la entrega, fueran sentimientos infantiles y, por lo tanto, inferiores.
Hay algunos relatos interesantes, como la triste historia de Irina, o la terrible confesión sobre su relación con la desgraciada Rodica, quizás la única a la que de algún modo le concede un valor. Pero por mucho que te esfuerces en encontrarle virtudes, Cartarescu te pondrá a prueba una y otra vez, y si consigues llegar al final, hasta ese cuento que cierra el libro y que le da título, “Por qué nos gustan las mujeres”, te encontrarás, entre otras muchas lindeces, con frases como estas: “porque realizan todo tipo de faenas domésticas menudas y molestas”, “porque descienden de las niñas”, “porque tienen una manera de pensar que te saca de quicio”, “porque tienen pequeñas dolencias [...] y entonces te das cuenta de repente de que las mujeres son personas, personas como tú mismo”.

Es posible que entonces te digan que, aún así, es un gran escritor, y que tiene obras magníficas, como El ruletista o Nostalgia, y sí, tendrás que reconocer que hay talento en algunas de sus historias, sobre todo cuando se trata de anécdotas de su infancia o adolescencia, pero también percibirás, además de esa postura petulante del escritor alfa, un engaño más sutil como cuando, por ejemplo, nos habla de una Irlanda donde la niebla no levanta nunca y se extasía ante su cielo estrellado hasta el punto de decir que si nos cuenta su aventura con la poetisa punki es tan solo para “revivir la alegría y la locura de describir aquel cielo de noviembre, aquel cielo irlandés blanco de estrellas”. Quizás entonces te digas que si hay elementos impostados en su descripción de Irlanda, seguramente los haya también en las de esa Rumanía que desconoces.

En mi caso, había leído antes El ruletista, un cuento extraño, algo kafkiano, que me gustó mucho. Con Nostalgia, sin embargo, me quedé atascada, y ahora ya no sé si algún día lo podré terminar, porque no podré quitarme la idea de que detrás de ese mundo onírico e impenetrable es posible que no haya más que pose y humo. Y no dejaré de pensar que, con esta escritura “sencilla y liviana”, puede que haya ganado dinero y un buen puñado más de inexplicables admiradoras, pero quizás, en lo literario, no haya hecho sino dejar que se le vea el plumero. 

1 comentario:

  1. Me ha encantado eso de "postura petulante de escritor alfa". Es una pena que escriba estas cosas y haya mujeres que lo sigan y lo alaben precisamente por eso. Nos falta mucho por recorrer a nosotras también.

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